Republicado con autorización de: http://www.solohijos.com
Lo queramos o no, para suerte o
para desgracia, somos las personas que MÁS influimos en la vida de nuestros
hijos. Lo que les trasmitimos (que no es solo lo que decimos) va directo al
corazón. Con 4 o con 17 años.
Cuando le sobreproteges (no
puedes hacerlo tu solito, cariño, papá te ayudará…), cuando le hablas con
ironía, cuando le prohíbes o castigas. Por supuesto, cuando le gritas o
insultas, tu mensaje no atraviesa sus oídos, como te ocurre a ti.
Tu mensaje hace un recorrido
diferente y aterriza en su corazón. Y desde allí, el escucha con total claridad
el eco de tu mensaje: me necesitas para hacer bien las cosas, no serás capaz,
es más valioso mi tiempo que tú…
Con la mejor intención (corregir
o ayudar a los hijos), los peores resultados (desgaste emocional para ellos).
Muchos ¡muchísimos!
comportamientos de nuestros hijos se explican por la comunicación poco
adaptativa en el hogar. Ya no se trata de falta de cariño. Ni de preocupación.
Ni de ocupación. Se trata de una comunicación poco asertiva y comprensiva con
las necesidades emocionales de los demás. De los hijos. De la pareja. Incluso
con nosotros mismos.
Dedica un tiempo a reflexionar
cómo es la comunicación de tu familia. Es así de sencillo: aprende a hablar de
corazón a corazón.